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La mediana edad: una oportunidad

La mediana edad

La edad mediana de una persona se caracteriza por una búsqueda de interioridad que hace crujir los cimientos de la misma, de allí puede salir fortalecida o encontrarse con un futuro incierto al ver reflejada una imagen temida de la vejez y del proceso de envejecimiento.

Características psíquicas de la mediana edad

Desde hace muchos años algunas investigaciones como las de Bernice Neugarten (1979) describen las características psíquicas de esta etapa, donde la vuelta sobre sí mismo da lugar a replanteamientos, balances y revisiones acerca del sentido de la vida, sin que esto implique un incremento patológico de su narcisismo.

Este proceso suele coincidir justamente con el momento en que la persona atraviesa situaciones particulares respecto a su vida familiar y social: los hijos han crecido, hay menor tensión respecto a la crianza, hay mayor tiempo para sí mismo, con lo cual la persona puede proyectarse, abrir nuevas posibilidades o, por el contrario, replegarse y vaciarse, según cuales sean las modalidades de cada sujeto.

También el acercamiento a la quinta década invita a la reflexión respecto a la muerte, produciéndose un cambio de visión acerca de ella determinado por su personificación. Antes podía ser percibida como un devenir lejano a sí mismo, pero la aproximación de la mediana edad plantea un cambio de mirada: la muerte comienza a ser sentida como posible, cuestión que se corrobora en la realidad, dado que suelen perderse los propios padres, amigos o familiares cercanos. Conjuntamente se produce un cambio de perspectiva respecto al tiempo, el cual toma una perspectiva más consciente en cuanto a su finitud y es vivido como el plazo que resta para llevar a cabo proyectos o deseos.

Los roles sociales a partir de los 50 años

Durante esta transición, de aproximadamente dos décadas, también suelen modificarse los roles sociales que se han sostenido, coincidiendo con el advenimiento de la jubilación, la partida de los hijos del hogar o la llegada de nietos. Realidades que llevan a replantear ineludiblemente un nuevo proyecto de vida, nuevas metas y prioridades.

Este despliegue hacia nuevos retos también depende de la apertura que tenga el contexto social y de las posiciones que tenga el entorno en relación a los espacios de los mayores. En sociedades donde abundan los prejuicios acerca de los “viejos”, lo que los autores han denominado como “edadismo”, y en las que se tiene una concepción de declinación de su integralidad, este pasaje y despliegue suele ser más problemático porque la misma estructura social no aloja, o no tiene aún la visión de alojar a un adulto activo y con capacidad de recrearse y sostenerse en su identidad hasta el fin de sus días.

A veces suelen predominar ideas o expresiones como: “¿qué vas a hacer a esta edad?”, “se puso como un chico”, los viejos no aceptan lo nuevo”, etc. que implícita o explícitamente, sustentan una idea de deterioro o decadencia en todos los sentidos.

Estudios e investigaciones sobre la identidad

Las investigaciones han demostrado que los aspectos relacionados al cuerpo, al aspecto físico y los vinculados a funciones sociales referidos a la productividad y roles laborales, se modifican con el paso del tiempo indefectiblemente y que además guardan algunas diferencias según se produzcan en el hombre o en la mujer. Pero, la identidad, aquello que constituye lo psíquico de la persona, no está destinada a declinar si ésta transita un envejecimiento saludable y además es un factor que incide de igual manera en ambos géneros.

Actualmente se conoce que la identidad puede sostenerse hasta el fin, podemos reconocer este hecho cuando conversamos con una persona añosa y la percibimos como sabia, como alguien que tiene mucho por enseñar y es capaz de seguir aprendiendo. Es justamente la capacidad de compensar pérdidas con ganancias las que ayudaran a sostener al sujeto psíquico, mediante un trabajo que permita metabolizar los cambios que se van produciendo en el plano social y físico al mismo tiempo que se lucha por mantener la esencia del ser.

Tomando los aportes de la Dra. Zarebski, Graciela, en el capítulo 6 de su libro “Padres de mis Hijos ¿Padres de mis Padres?” plantea que la mediana edad va produciendo una serie de señales en el camino de la vida que se pueden convertir en una oportunidad para que la persona, atenta a ellas, pueda arribar a un envejecimiento pleno y satisfactorio. A veces suele tildarse de pesimista a la persona que en la etapa media de la vida piensa en su envejecimiento, en la muerte, en el tiempo. En realidad, son pensamientos que abren la posibilidad de un futuro aún mejor que el presente. Es por ello que, pensar, hablar, conectarse con lo que uno siente respecto a estos “tópicos” es en sí mismo saludable. Poner en palabras contribuye a la posibilidad de simbolizar aquello que es difícil de tramitar a nivel psíquico.

Identificar las señales del envejecimiento

Aprender a detectar en nosotros mismos, en nuestros padres o conocidos estas señales podrían ayudarnos a reconocer evidencias problemáticas a tiempo, desviarnos, si fuera necesario, y a poder armar un recorrido mejor que nos lleve a mejor puerto.

Se sabe que cuando la persona se recubre de una coraza protectora, que enmascara sus temores e inseguridades, no se permite a sí misma conectarse con lo que le acontece percibiendo e interpretando la realidad, por lo cual pasará por alto las señales en su ciclo vital. También hay personas que ignoran las señales, transitan su vida seguros, desde una posición narcisista, distorsionando las realidades hasta caer en la percepción de vacío, de nada, de incompletud total. Poder construir una actitud que permita relativizar las situaciones que acontecen en la vida, ayuda a no caer en una lógica del “todo o nada”, pudiendo ser más reflexivo y comprensivo consigo mismo, permitiendo cuestionar el “yo soy así” que muestra la adherencia a una identidad unívoca y rígida.

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La mediana edad, tiempo de decisiones

El desafío es poder conectarse con uno mismo, reconocer las evidencias del transitar de la vida y planear, al menos en este momento de ella, qué camino se quiere seguir, es poder tener la capacidad de replantearse y de autocuestionarse.

Tener expectativas positivas, proyectar para el momento y los futuros, aceptar cambios que se produzcan en la imagen corporal, roles, aspectos funcionales, dan cuenta de una personalidad abierta con potencial para la búsqueda de nuevos objetos sustitutos de aquello que indefectiblemente se pierde, posibilita las sustituciones y el arribo a nuevos y creativos planos simbólicos.

La capacidad de vincularse con personas viejas, sin temor a la imagen que devuelvan, de cuestionar prejuicios propios y ajenos abre posibilidades impensadas, partiendo de la aceptación de la finitud de la vida, pudiendo reconocer las limitaciones en todos los sentidos de ella.

Otros factores importantes son la posibilidad de hacerse cargo del autocuidado personal, de la salud; de poder compensar lo que se va perdiendo con ganancias en otros planos de la vida encontrando objetos simbólicos sustitutos, de posicionar la autoestima en el presente y no en el pasado, recordando de modo reminiscente, es decir mediante una evocación situada en el presente y proyectada hacia el futuro, de poseer un proyecto propio. Todas estas cuestiones constituyen características de un terreno fértil, no sólo para vivir más sino para vivir mejores años, logrando mayor calidad de vida.

Respecto a los vínculos intergeneracionales es importante poder contribuir a la continuidad entre generaciones, proyectando los saberes adquiridos y valorando la incorporación de aprendizajes novedosos, actuales y compartidos con los jóvenes. La posibilidad de ocuparse de vivir sabiendo de la propia finitud, hará que la muerte sea una posibilidad y no sorprenda, permitirá incorporar la idea y el proyecto de vivir hasta la muerte y no de vivir hacia la muerte. Los vínculos sociales y redes de apoyo diversificados permiten conectarse con el afuera, con el entorno, incorporando esta modalidad como alternativa que contrarreste los efectos de la soledad y de las pérdidas inevitables que puedan ir sucediendo.

La mediana edad, un abanico de oportunidades

Como se dijo la mediana edad es una oportunidad para detectar indicadores de un envejecimiento saludable y abre mayores posibilidades de mejorar el transitar por la vida. A veces es un trabajo mental difícil, conlleva mucha energía psíquica y puede requerir de ayuda profesional, quien dispondrá de herramientas para develar y analizar con el paciente ese tránsito, vehiculizando de manera saludable las señales que hacen pensar en un devenir del envejecimiento no satisfactorio.

Alicia Gómez

Autor

Licenciada en Psicopedagogía, Maestrando en Psicogerontología en la Universidad Maimónides de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Residente en Córdoba, Argentina.

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